
Amor, recoge ya nuestros corotos,
pon a los hijos en movimiento;
aunque vistan solo trapos rotos,
que los protejan del agua y el viento.
Ya no es el dulce hogar lo que se deja: la tiranía todo lo ha hundido;
la garra impía entre sangre y queja ,cuanto construimos, se ha perdido.
Con la razón, valor e inteligencia,
lucha el alma que el honor respeta;
mas la brutal y ciega violencia,
se defiende a punta de bayoneta.
Ayer decían ser nuestros hermanos
y nos quitaron el suelo en que nacimos;
nos llamaron escuálidos y gusanos,
por defender lo que con sudor hicimos.
Hagamos como hace el caracol,
sobre la espalda cuanto aún tenemos;
bajo la lluvia o el ardiente sol,
con resignación, nos lo llevaremos.
No sé cuánto durará este tormento,
andar y andar será nuestro destino;
el alba renovará nuestro aliento
y el ocaso, la pausa en el camino.
Con el latir marcando nuestro paso
y el corazón señalando nuestra ruta,
cuando el sol se sumerja en el ocaso,
buscaremos cobijo en cualquier gruta.
En el suelo extranjero al que lleguemos,
en lejanos y pródigos países,
con honra y con respeto su fe aceptemos,
sin olvidar jamás nuestras raíces.
La vida es cruel con quien dejó el camino:
el jardín que sembró, no vera florido;
llorará por su ausencia y su destino
cuando lejos, sus viejos partan al olvido.
Dame, amor mío, una pizca de sal
para llorar con sabor de nuestro mar;
pon un poco de tierra del pueblo natal
sobre mis pies si muero sin regresar.
Dale a mis restos el ultimo consuelo
de regresar a mi montaña andina,
que mi llanto caiga en su riachuelo
y libre, vuele mi alma en su neblina.
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