En la época de las «montoneras» y los caudillos de «chopo e’ piedra», transcurrida entre 1830 y 1903, Venezuela se desangró en 166 revueltas armadas y casi medio siglo de guerra civil continua. Los cómputos históricos estiman cerca de un millón de víctimas fatales, con un desgarrador 70 % correspondiente a no combatientes segados por las pestes, las hambrunas, la anarquía y la implacable represión política.

La vida de Rafael Arévalo González despuntó justo en las postrimerías del conflicto más dilatado y devastador en vidas humanas de nuestra historia: la Guerra Federal. Aquella contienda cobró más de 300 000 almas entre combates, miseria y epidemias, en un país que apenas rondaba el millón y medio de habitantes y escasas cuatro décadas de independencia formal. Fue un lapso en que las exportaciones de café y cacao se desplomaron y la deuda externa escaló hasta rozar los 160 millones de pesos, hundiendo a la República en un abismo de penurias. José Loreto Arismendi, militar y testigo de excepción, sentenció con amargura aquel despropósito: «Durante cinco años lucharon para reemplazar ladrones por ladrones y tiranos por tiranos».
Durante el periodo colonial y hasta finales del siglo XVIII, la comunicación social discurría por cauces lentos y restringidos: cartas manuscritas, pregones, edictos, bandos de buen gobierno y testimonios estrictamente visados por la Corona española. La tardía llegada de la imprenta a Caracas en 1808 con la célebre Gaceta inauguró formalmente la prensa escrita, sembrando las simientes de lo que germinaría a lo largo de la convulsa centuria decimonónica.
Inmerso en esa Venezuela de la posguerra independentista y caudillista, Rafael Arévalo González alzó su voz como un crítico implacable de la barbarie armada y de sus ejecutores. Proclamaba que su combate era “de tinta y papel, su trinchera la prensa y su fusil la pluma”, empuñados sin tregua para resguardar los fueros ciudadanos y la dignidad del hombre libre.
Siendo muy joven, quedó fascinado por el invento de Samuel Morse y abrazó con devoción el oficio de la telegrafía. En aquel peregrinaje ante los manipuladores telegráficos, templó una pasión inquebrantable por la libertad inmanente y abrevó en el ideario de Jean-Jacques Rousseau. Visionario de estirpe civilista, descubrió en las redes del telégrafo el instrumento perfecto para como plasmaría en sus memorias «estar cerca del poder sin ser parte de él y viajar por todo el país sin necesidad de trasladarse».
La perspectiva contemporánea difícilmente aquilata este prodigio: en tiempos donde la telefonía era un lujo embrionario y todo mensaje urgente cruzaba por los impulsos del código Morse, el telegrafista se erigía en traductor de un lenguaje que muy pocos conocían y un intérprete privilegiado de los contenidos, depositario en tiempo real de los latidos y zozobras de la República.
Nutrido de primera mano por ese caudal informativo, fundó en 1892 el diario El Pregonero, cuyas columnas desplegaron una trinchera inflexible contra la corrupción del estamento político. Más tarde, como redactor y fundador de la revista Atenas (1913), sostuvo una resistencia vertical frente a la autocracia del general Juan Vicente Gómez. Fue en las páginas de El Pregonero donde desafió abiertamente al régimen al postular una candidatura civil de oposición para los simulacros comiciales de 1913, encarnada en el jurista Félix Montes. La respuesta del tirano no se hizo esperar: la cárcel, y para acallar la voz, el silencio de los grillos.
Con El Pregonero, Arévalo democratizó el acceso a la palabra. Hasta entonces, la prensa caraqueña subsistía bajo un modelo elitista de suscripción previa, accesible únicamente a los círculos acaudalados y letrados. Arévalo dinamitó esa barrera al inaugurar la venta pública y voceada; reclutó a jóvenes y muchachos los primeros pregoneros, «canillitas» urbanos para que ofrecieran los ejemplares en las esquinas al grito de las noticias más resonantes.
Fijó un precio ínfimo, permitiendo que artesanos, obreros y el ciudadano de a pie, marginados del debate republicano, se incorporaran a la vigilia cívica nacional. Además, El Pregonero fue el primer diario venezolano impreso en prensa rotativa. Esta proeza tecnológica no solo multiplicó los tirajes y la velocidad a escala industrial, sino que instauró por vez primera en la sociedad caraqueña la noción moderna de la inmediatez informativa.
Bajo la pluma y dirección de Arévalo González, el periodismo trascendió las gacetillas de avisos de ocasión, versos de salón y fábulas costumbristas tan comunes en el siglo XIX, transformándose en un bastión de resistencia ciudadana frente al rigor gomecista. Rompió de raíz con el servilismo de los intelectuales cortesanos dedicados a adular al caudillo de turno. El régimen comprendió de inmediato el peligro que entrañaba un diario rotativo y popular: esbirros oficiales asaltaron los talleres, clausuraron El Pregonero de forma definitiva y arrojaron la edición a una hoguera pública. Apenas cincuenta ejemplares fueron salvados clandestinamente por los propios “canillitas” para circular de mano en mano en las sombras de la censura.
A través de esa gesta editorial, Arévalo no solo informó: forjó los cimientos de la opinión pública moderna en Venezuela, enseñándole al ciudadano común que el periodismo constituye un tribunal moral para fiscalizar al poder y demandar libertades públicas. No vaciló en definir su credo con lúcida precisión: «una prensa libre es la conciencia de la sociedad».
El 17 de diciembre de 1935 feneció Juan Vicente Gómez. Días después, durante el histórico acto cívico en que los instrumentos de tortura de La Rotunda y Puerto Cabello fueron arrojados a las aguas, el poeta Andrés Eloy Blanco pronunció su célebre discurso: «Hemos echado al mar los grillos de los pies. Ahora vayamos a las escuelas a quitarle a nuestro pueblo los grillos de la cabeza, porque la ignorancia es el camino de la tiranía. Hemos echado al mar los grillos. Y maldito el hombre que intente fabricarlos de nuevo y poner una argolla en la carne de un hijo de Venezuela».
Apenas unos meses antes, el 20 de abril de 1935, se apagaba la existencia de Rafael Arévalo González, lamentando en sus postreros instantes «no haber podido ver germinar la luz de la libertad». Legó en su obra varias novelas y sus memorias inconclusas, pero sobre todo el testimonio intachable de una vida consagrada a la dignidad ciudadana. El Presidente, Rómulo Betancourt lo inmortalizó como «el roble erguido y señor de la vida contemporánea de América», y Rafael Caldera lo exaltó como «el acento que no puede silenciar la mordaza». Conocer su obra a través del relato vivo de su sobrina, mi abuela materna Águeda, encendió en mí la admiración por su personalidad y la devoción por la escritura; con entrañable gratitud, admiración y respeto, afirmo que Rafael Arévalo González encarna la voz libertaria que venció, por siempre, al silencio de los grillos.
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