In memoriam del Dr. Raúl Fernández Vautray
Ejemplo de principios y valores, cabestrero
de esperanzas.
Nací en una región donde un cerro siempre corta la línea del horizonte, donde un lago es rodeado de montanas adornado de una naturaleza cubierta de verde. Donde el horizonte solo se divisa cuando en la costa te encuentras de frente con el inmenso Mar Caribe. Sin embargo, desde muy pequeño, el destino de mis Padres me llevo a vivir a Los Palos Grandes, una zona de Caracas al pie de una gran montaña, la Silla de Caracas con su altura de más de 2.600 msnm erigiéndose al norte de la Ciudad. La montaña esta adornada con una cascada, que en época de lluvias me deleitaba con su murmullo y la veía y la escuchaba desde la ventana de mi habitación.
Cuando entré al Liceo Andrés Bello, por primera vez sentí un profundo deseo de conocer el llano al estudiar en la asignatura de Castellano y Literatura la obra cumbre de Romulo Gallegos, Dona Barbara. Siempre sentí afición por el campo, la agricultura y la ganadería, y la novela me trasladaba a ese mundo que tanto anhelaba conocer. Nuestra Profesora, Luciana Cabrera, al menos en mí, hacia con su narrativa, vivir cada episodio de la novela. Cuando mi Padre nos menciono la invitación de su compañero y socio de la clínica, donde laboraba con el Dr. Raúl Fernández Vautray, a su hato Santa Catalina, en Calabozo, en el corazón del llano, mi hermano y yo brincamos de júbilo.
Recuerdo que fuimos con otro compañero de mi Padre, el Dr. Jorge González Molero, y fuimos atendidos cordialmente por nuestro huésped, su Esposa y su hijo, Raül que era un año menor que Félix mi hermano. Recuerdo que, Raulito nos llevó a Félix y a mi a sabanear a caballo y a ver los rebaños de ganado. Esa noche, durante nuestra visita, Emiliano, el Encargado de la finca, en la sobremesa de la cena, vino a “entregar parte” de su gestión, sentados aparte, el Dr. Raúl le pregunta, entre otras cosas, por el “hatajo de bestias” como denominaban al rebano de caballos, Emiliano le comenta que estaba bien en general, cien yeguas, cinco padrillos, etc, pero que el tigre, como llaman en el llano al jaguar, constantemente atacaba al hatajo, matando principalmente a los potrillos. Axioma cruel de la Naturaleza donde el más fuerte se aprovecha del más débil.
A varios metros de distancia para no interrumpir la conversación del Dr. Raúl y su trabajador, se encontraban mi padre y su amigo charlando, pero en cuanto escucharon la palabra “tigre” mi padre pegó un brinco y con los ojos como dos faros, Jorge González le soltó a mi padre: «Galíndez, ¿escuchaste eso? Un tigre! ¡Esto es para machos, carajo! Vámonos, qué hacemos dos mujeres indefensas como nosotras aquí?». Las carcajadas estallaron y de inmediato y el Dr Raúl y Emiliano lograron con explicaciones, apaciguar el ambiente y los temores. Al susto se sumaron los aullidos de los monos araguatos, que a lo lejos se dejaban escuchar semejando rugidos de fieras. Sin embargo, a pesar de las explicaciones, a nuestro pesar, lo cierto fue que, desde ese entonces, los paseos a Santa Catalina no volvieron a repetirse.
La visión que tenía ahora del horizonte llanero, se diferenciaba del concepto de horizonte que tenía como referencia al horizonte marino; en el mar, una inmensidad de agua al final besa al cielo pero con una monotonía azul y las aves vuelan cercanas a la costa, pero en el horizonte llanero la diversidad de plantas y animales, los rebaños de ganado, las garzas de diferentes colores, enriquecían en una sinfonía de colores y de aromas el ambiente.
En el mar la vida puede ser abundante, pero yace debajo de la superficie y rara vez se asoma, pero en cambio en el llano la vida esta sobre la superficie y es una explosión de de colores y cantos de la aves y de los rebaños que pastan en sus sabanas, aunque la ley de la Naturaleza de la muerte para que exista vida, imponga su dominio, lo que se ve es un mundo armónico en equilibrio donde pareciera que el cielo baja a besar la sabana. Decía en su copla el Poeta guariqueño German Fleitas Beroes:
“Si bellezas tiene el mar,
la sabana tiene mas,
allá vuela un alcatraz
el barco deja la estela…
pero aquí la copla vuela
dejando el dolor atrás”
Mi amor por el llano y su significado había ido in creciendo y leía todo cuanto encontraba al respecto, memorizaba cada episodio de Doña Barbara, y añoraba terminar la secundaria para ir a estudiar Ingeniería Agronómica en Maracay. Yo decía, que nuestro país era tan diverso, que era posible, en un mismo día, dar un salto en la historia y partir del país moderno con todos los servicios del primer mundo, a la época de la Doña Bárbara de Gallegos de hace dos siglos; algo actualizada por la presencia de los motores “fueras de borda” que substituyen a los palanqueros, y las plantas eléctricas que ahuyentaban a los espíritus y “rebullones” de Juan Primito.
Para esa época, el llano venezolano guardaba todo el encanto de lo indómito y de la existencia de extensiones inconmensurables donde el hombre jamás había pisado la tierra. Cuando era estudiante de Agronomía en Maracay, me atraía siempre la idea de constatar por mis propios ojos el relato de Gallegos en su novela que ávido leía durante mi secundaria. El relato de aquel llano donde el horizonte se unía con el cielo y los rebaños de ganado deambulaban por espacios carentes de otra cerca que no fuera la vista del llanero. Rebaños que eran conducidos por un cabestrero, hombre de a caballo que liderizaba su andar hacia pastizales más verdes y a abrevaderos más seguros. Un llano donde los limites estaban tan solo en los papeles de las escrituras, en las mentes de los hombres y en la voz de los cabestreros.
Como citadino, me costaba visualizar aquel panorama, con rebaños de miles de animales cuya masa excedía numéricamente la capacidad de comprensión de sus iletrados guías; en su peregrinar en busca de pastizales verdes, estos conocían de vista a cada uno de miembros de su rebano, atándolos dócilmente tras de si con tan solo con su voz y con su espíritu.
Siempre fui estudioso de la historia de los pueblos del Mediterráneo, y recordaba los relatos de la caravanas de camellos a través del Sahara y al escuchar el canto del cabestrero, imaginaba la canción de caravana o “huda”, de los pueblos pre-islámicos del Medio Oriente; como los guías con su canto, ejercían una suerte de hechizo sobre los camellos de las caravanas, distrayéndolos de las enormes cargas que se le hacían llevar. Cantos que son sin duda, la raíz histórica de los cantos de trabajo y de las tonadas que nos trajeron los españoles consigo como instrumento del manejo del ganado.
A pesar de la diferencia generacional, mi nexo afectivo con un familiar, que por su origen con ese medio y al mismo tiempo enriquecido culturalmente por su formación profesional en el país y en exterior, me ofreció una oportunidad de oro para logar mi deseo de conocer ese espacio a la vez histórico y geográfico que tanto atraía mi curiosidad.
Raúl Fernández Vautray, Médico con vivencias del país y del mundo y estudios en Río de Janeiro y New York, compañero, socio y amigo de mi Padre, convertido en “Tío afectivo”, Apureño y ganadero de vocación, un buen día me invito a volver a Santa Catalina, su finca de Calabozo; la que tiempo atrás de niño había estado allí junto con mi familia durante el episodio del “tigre y las mujeres indefensas” de mi Padre y su amigo. Viajes estos sin embargo, que al transcurrir el tiempo y demostrar mi vocación por el campo, cada vez se hicieron más frecuentes, siendo el cafetín de la Facultad de Agronomía, en Maracay su lugar de estudios, el lugar de encuentros. Los viernes, al no existir aun los celulares, mis compañeros de clase, ya habituados me buscaban diciéndome, “te busca tu Tio”.
Aceptaba siempre con gusto su invitación a Santa Catalina, un hato llanero tradicional, con la incorporación de algunos adelantos, que como el mismo Raúl me decía, eran difícil de implementar pues “en lo que nos damos la vuelta y se les acaba la gasolina a la bomba del agua, seguirán sacándola del pozo con una totuma amarrada de un guaral”. Es la resistencia al cambio lo que hace que el pasado siga en el presente y por mucho tiempo, en el futuro. En cada viaje, traía la alforja de la experiencia cargada con nuevos conocimientos.
En uno de sus viajes, conocí a German Pérez, el amansador de caballos y responsable de los hatajos de yeguas del Hato. Era un hombre cercano a los cincuenta, que en el recio llano pesaban más que los años de la ciudad pero que estab dotado de una memoria prodigiosa, una bonita voz ingenua y un oído musical extraordinario. Le gustaba que lo escucharan cuando acompañándose del cuatro, cantaba algunos de los poemas que improvisaba, guardados tan solo en su memoria, pues no sabía leer ni escribir. Una de las tantas noches que pase en Santa Catalina, hablando con él le pregunte, como hacía para recordar todas sus canciones y tomando el cuatro en la mano le canto una copla qu recordaba haciendo gala a su excelente memoria:
“Cuando me sale la inspiración,
del llano tengo tanto que hablar,
que sólo a lo bello de una mujer
se le podría comparar”
Y soltando la risa me dijo, “si se una copla se me olvida, una nueva copla le compongo”. En realidad, en aquel paisaje había una belleza indescriptible, era la Naturaleza jugando con sus elementos en una sinfonía de armoniosos contrastes. En el hato había una laguna llamada “Laguna Clara” por sus prístinas y transparentes aguas, que servía de límite con la finca vecina.
“Era una laguna bordeada de Jacintos de espigas moradas, de eneales y lirios donde flotaban repollitos de agua y las garzas en la orilla con su lanzazo certero convertían en sustento al pez distraído; de vez en cuando se apareciera un caimán sigiloso y les reclamaba su parte del almuerzo. Su belleza salvaje era tal que en ella, contaban los lugareños, se sentaba el poeta y Medico Calaboceño, Francisco Lazo Martí, cuando escribió la Silva Criolla. El vecino decía que desde su lado el Poeta “se inspiraba al ver venir el amanecer con los lebrunos del dia” y Raúl con agudeza le respondía, – pues no, amigo Loreto, Lazo Martí contaba como, “sentado desde Santa Catalina, miraba cuando llegaban las garzas y el sol las pintaba en el espejo de la laguna con el escarlata del atardecer” y para molestarlo aún más le añadía, “y es por eso, que del lado de Santa Catalina, nacen todas las Coro-coras!”.

Lo cierto, era que el paisaje era muy hermoso y salvaje, aunque poco a poco comenzaba a llegar la civilización y con ella las cercas, el radio, la luz, la televisión, pero también el crimen, la droga y la perversión. Al pasar de una finca a otra, había que bajarse para abrir los “falsos” especie de portones improvisados con el mismo alambre de púas y estacas. El cambio, comenzaba a llegar, pero Raúl Fernández conservaba todavía ciertas costumbres de antaño: llevaba su rebano durante el verano, a pastar a una finca de su propiedad llamada “Potreros de Revenga” ubicada en una isla el medio del Rio Apure, entre los Ríos Caujarito y Apurito. Una trashumancia que podría durar cerca de un mes pasando por el Paso del Caballo, La Rubiera, Guayabal hasta llegar a Mangas Coberas, para cruzar a nado el rio Apure y llegar a la isla.
En mi primer viaje a La isla, fui en oportunidad de la trashumancia de verano del ganado y fue cuando pude constatar muchas verdades de la historia de Gallegos. Cuando llegamos a Santa Catalina, había salido el rebaño, por lo que en su camioneta Wyllis de doble tracción, lo seguimos desde atrás por un buen rato, mientras el “cabrestero” como llaman en el llano al cabestrero, lo guiaba con su canto y este se “ajilaba” (metáfora de ahilar) detrás de el. Asombrosa analogía, le comentaba a Raúl, que ocurre con los pueblos que siguen a sus lideres políticos con la misma fe ciega del rebaño que sigue al cabestrero aunque sea este, quien a la final los conduzca al matadero.
”Ajila, ajila, ajila novillo y ooo..!
Que te espera en la llanura…..
Bancos de verde lambedora,
Y Morichales de agua pura y oooo”
Los vaqueros recogían y arreaban las reses que se apartaban para ramonear los arbustos del camino, pero increíblemente, aquello parecía una procesión de varios miles de animales que iban tan solo atados por la soga invisible del canto del guía y la ayuda de los vaqueros que venían en la retaguardia. A lo largo del tedioso camino, las bajas eran insignificantes.
De día, el calor, sumado con la humedad de la zona, era considerable, pero en la noche, el efecto del retorno de la radiación en cielos despejados donde la lejanía de centros urbanos hacia ausente la contaminación lumínica de la ciudad. El cielo parecía un filigrana bordado de estrellas donde era posible divisar las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa menor, y todo el espectáculo celeste. El retorno de la radiación al cesar los rayos del sol, hacia que la temperatura bajara drásticamente como sucede en el desierto de Sahara, pudiendo bajar a temperaturas bajo los 10 °C. De allí que la gruesa cobija del llanero, sirve tanto para guarecerlo de la lluvia como de los fríos extremos.
En el grupo de “avance” siempre iba Germán, por lo que esa vez debía recibirnos al cruzar el río en la Playa de Caujarito, al este de Mangas Coberas, a la orilla del rio Apurito. Las toninas, delfines de agua dulce, asomaban sus rosados cuerpos en una especie de Ballet acuático, para esconderse de nuevo en el color acaramelado de las aguas del rio. La belleza de la isla, era inigualable, las orillas de lagunas que se formaban al retirarse las aguas, estaban cubiertas de un pasto fino, de un verde espectacular que el llanero llama “Lambedora” o Leersia hexandra como la denominan los agrónomos y los botánicos.
Rodeada de grupos de Palmas Moriche que le daban al lugar una apariencia paradisíaca, cientos de garzas, coro-coras, (ibises de color escarlata), gabanes y garzones competían por el espacio al borde de playa y por la abundancia de peces y pequeños cangrejos, mientras que chigüires, esos enormes roedores acuáticos (Hydrochoerus hydrochaeris) asomaban la cabeza entre la bora (Eichornia crassipes) para luego de una mirada, volver a sumergirse. Las Maporas, palmeras con su espectacular ramaje erguidas al borde de la laguna parecieran gigantes solitarios testigos mudos de aquel paraíso que se niega a desaparecer.
En el camino habían nacido varios potros y varios becerros, pero una bella potranca de espectacular color blanco, de cuello ancho y erguido y de grupa ancha y recta como un mesón, había llamado la atención de Germán. Que bella, la potranca, exclamaba! Voy a pensar para ponerle un bonito nombre! En la tertulia de la noche, a la luz de un candil a gasolina Coleman, la peonada reunida, comentaba los aconteceres del día haciendo alarde de sus destrezas en las faenas del llano. Germán siempre aprovechaba la audiencia para cantar algunas de sus coplas y aumentar la admiración que por su arte sentían todos los que lo escuchaban, incluyéndonos a Raúl Fernández y a mí:
“Ya se que nombre le pondré a la potranca, un nombre que para el llanero es símbolo de libertad y de la época bonita del llano, mensajera de los primeros chubascos del invierno que pintan de verde la llanura y de gris el horizonte, una “garza volando” es como un Arcángel enviado por el Creador para anunciar el fin de las penurias del verano. Mensajera de abundancia, adorno como blanca flor de los árboles del morichal, una garza volando es lo más bello de todo cuanto Dios puso, cuando pinto la Llanura”
Durante mi estadía en Europa, recibía la gratísima visita de Raúl y su Esposa Blanca, que no perdían la oportunidad para llevarnos su cariño y recuerdos del terruño amado y lejano junto las expresiones de amor enviadas por mis Padres. Saliendo del tema familiar, entrando en los recuerdos del Llano y de Santa Catalina, contrastaba mi enfoque “Santos-luzardero” producto de mis estudios y visión primeriza de aquel Primer Mundo que me fascinaba, con la de quien, habiendo tenido una visión similar, pero con su vasta experiencia había aterrizado su adaptación a la realidad Venezolana y a su medio ambiente.
Pensaba en ese momento que las diferencias de puntos de vista se podrían deber al tiempo y a la óptica de la ciencia médica circunscripta al cuerpo humano y de la ciencia del campo abierta al Universo, craso error de principiante. A mi regreso ya había comprendido que el cuerpo humano guarda una similitud impresionante con la estructura del mundo y del universo que lo rodea, y que la vida es jerárquica. Somos átomos y moléculas que interactúan con las fuerzas que proveen la energía del Universo y la Materia que lo forma, la vida se circunscribe a la ley de transferencia de energía y de conservación de la materia.
En mi viaje a Santa Catalina, a mi regreso de Europa, pude apreciar cosas que antes no había visto, o no había entendido. Viniendo de Europa, donde cada planta ha sido sembrada por la mano del hombre, pude palpar la existencia de un mundo, aun con poca o ninguna intervención del ser humano, y que el mantenimiento del equilibrio del Ecosistema, palabra nueva para lo que antes llamábamos Naturaleza, es vital para la subsistencia de nuestro Planeta y la de nosotros como seres humanos. Comprendí el axioma que más tarde repetiría a mis alumnos de la Universidad en Venezuela y en Miami: “La vida es a la muerte, como la evolución es a la extinción”
En nuestra adaptación al constantemente cambiante medio ambiente, va la evolución de nuestra Especies, y en esa evolución, nuestra propia desaparición. Al volver a la “Laguna Clara”, reviví pasajes que recordé que, en su “Silva Criolla” describía el Poeta Lazo Martí y Don Andrés Bello en su Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida: “Tiempo es que dejes ya la culta Europa / que tu nativa rustiquez desama”. Martí invita en su obra a regresar a los orígenes agrestes de la vida campestre so pena de perder el gentilicio y la esencia misma. Para Lazo, en el corazón del paraje llanero se encuentra la paz infinita, la conexión con lo divino, el amor y la verdad del ser humano.
Sentados en la orilla de la Laguna Clara, escuchábamos el agudo canto de las chicharras; pensativo me dijo Raúl: “Las chicharras están pidiendo agua” Se acercaba el “invierno”, época de lluvias y abundancia en el llano; ya los primeros aguaceros lo anunciaban y la sabana respondía con sus nuevos brotes vistiéndose de verde. Raúl me mostro algo que generalmente pasa desapercibido para el ojo lego, y es que la garza blanca y las chusmitas colonizan un nivel trófico distinto a las garzas coro-coras; los íbices comen los animalitos de la orilla como los cangrejos etc., mientras las garzas con su picos de lanza y su mecanismo de disparo del cuello, arponean los peces de las zonas más profundas. Me mostraba que en la Naturaleza, todo ocupa su espacio y su tiempo y que el hombre no debe interferir con su dinámica.
El hato llanero está adaptado a ese medio ambiente y el hombre puede con su ciencia aumentar su biomasa, pero siempre cuidando no romper su equilibrio. Los científicos del campo unifican los criterios del tamaño metabólico de los herbívoros en lo que se conoce como “Unidad Animal”. Ello permite homologar rumiantes y herbívoros de diferente especies y edades y cuanta área de sabana puede soportar sin exterminar poblaciones de plantas y de otras especies de herbívoros y depredadores. En Santa Catalina, ese factor era celosamente respetado y cuando bajaba la oferta de la masa vegetal por la sequía, se recurría a la ancestral trashumancia, llevando el rebaño completo a los “Potreros de Revenga” en la isla formada entre el rio Apure y el Apurito, zonas donde el agua permitiera el crecimiento permanente de pastizales y como decía Raúl, se “dejaba descansar la sabana”.
En uno de los viajes, estando en los corrales, mientras observaba el rebaño de ganado, le hacia el comentario, de que las vacas de Santa Catalina tenían un excelente porte, con buenos aplomes, huesos iliacos anchos, lo que permitiría becerros grandes al nacer y buena alzada que produciría novillos grandes; me recordó entonces que esas vacas provenían de un rebano Brahman originalmente importado de Cuba (antes de la ‘peste roja’), durante el mandato de Carlos Eduardo Galaviz como Ministro de Agricultura y Cría. El rebaño era mantenido en buenas condiciones con los cruces, el manejo y la alimentación con buenos pastos.
Esa visión Santos-Luzardera de la transformación del campo venezolano que profesaba Gallegos en su obra, estaba en camino, la bonanza petrolera financiaba la importación de tecnologías, equipos y animales. Muchos profesionales salieron a empaparse de la novedad científica de los países desarrollados para ponerla en práctica en Venezuela. Sin embargo, los encargados de la conducción de Venezuela desviaron el camino y pronto, en vez de tecnología, fueron las divisas el principal producto de importación. Nació la época del “Tabarato” y la importación desenfrenada de artículos de consumo que frenaron el desarrollo del País y la renta petrolera solo sirvió para desangrarlo más; los cabresteros políticos conducían al rebaño nacional inexorablemente, a un matadero único en la historia de nuestro pais.
La economía Nacional entro en entropía y quizás, como generación de relevo, no supimos defender lo que habían creado nuestros Padres. Hoy vemos al País que un día acogió a los inmigrantes de todo el mundo que venían a aprovechar sus oportunidades de desarrollo, convertido en el País con el mayor éxodo de la historia de Latino América y una de la más grandes del mundo.
La diáspora venezolana contribuye hoy al desarrollo de las naciones que la acogen, pues en la Venezuela actual, la «marea roja» no dejó lugar para «Santa Catalinas». Con la partida de hombres como el Dr. Raúl Fernández se despidió una generación dorada de emprendedores del campo, dejando apenas a uno que otro custodio rezagado de esa llama indómita. Esa casta civilizadora ha sido sustituida por una escoria populista y militar; montoneros y “mujiquitas” que amparan una narco-economía parasitaria, saqueadora de los recursos naturales y destructora de los valores republicanos.
La narco-política regional comprendió que, para subyugar a los pueblos, era más efectivo sustituir las promesas vacías y fracasadas del <hombre nuevo socialista> por algo palpable, la droga enviciante y corruptora, un negocio capaz de movilizar recursos ingentes para comprar conciencias. Así, el narcotráfico y sus custodios adquirieron paso franco a través de cercas y fronteras, entronizándose en todas las esferas del poder político.
Ante este escenario, la «Garza Volando» de Germán Pérez se ha posado en una rama para resistir la sequía; atisba el horizonte en busca de una nube de esperanza que ponga fin a las penurias de este verano abrasador de principios y valores y elimine las plagas que hoy depredan a nuestro pueblo y a los falsos cabestreros que lo conducen a la pérdida y extinción de su libertad y de su identidad.
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